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sábado, 25 de marzo de 2017

A esquerda no labirinto

Son moitos os que se preguntan que lle pasa á esquerda e como explicar os seus pobres resultados. Pensemos que en 2016 os partidos socialdemócratas perderon 12 das 18 eleccións que se celebraron en Europa. E está o trunfo de Trump en EE UU, culminando a continua perda de peso do Partido Demócrata –versión “light” de socialdemocracia- en favor do Republicano, que xa controla tódalas institucións importantes do país. Esta semana mesmo, en Holanda, o Partido Socialdemócrata, primeiro ata 2002 e segundo desde entón, acaba de caer a un irrelevante sétimo posto.
Na prensa resulta habitual atopar análises locais e simplistas deste complexo proceso, cando debería saberse que ningún asunto complicado admite explicacións fáciles. Poderíamos dicir que nos atopamos diante dun problema “de libro” en sentido estrito, e dicir, dos que, para saber algo, un debe tomarse a molestia de ler algún libro: non basta con asimilar a opinión do columnista afín. Como consecuencia diso, e da miña ignorancia, non esperen descubrir aquí as causas da entrada, nin moito menos as vías de saída do labirinto no que se atopa a esquerda neste momento. Tan só pretendo, se mo permiten, indagar na raíz do problema, coa idea de que das ramas e das follas xa sabemos bastante.
E sobre a natureza desa raíz estou cos que apuntan a algo fundamental: ó cambio no paradigma socio-político producido nos últimos corenta anos.  Porque ata os anos setenta ese paradigma –entendido como conxunto de ideas dominantes- estivo do lado da esquerda: na universidade todo o mundo falaba do marxismo e do socialismo, a loita obreira apoiada nuns sindicatos fortes conseguía grandes avances nas condicións dos traballadores, a sociedade progresaba na igualdade e as institucións occidentais crían que a estratexia de potenciar o benestar era a apropiada para conter a utopía comunista. Mentres, a dereita estaba temerosa e recluída, agardando unha nova oportunidade. E esta presentóuselle trala crise do petróleo dos setenta e os problemas que tiveron os países avanzados para manter o estado de benestar. Foron Thatcher e Reagan os que emprenderon a revolución conservadora: decretaron a sobredimensión do Estado e, fronte a utopía fracasada da economía planificada, promoveron a simétrica dos mercados desregulados e o abandono do benestar como estratexia, pois xa era evidente a descomposición da Unión Soviética. Pero ese primeiro contraataque resultou rudo, e por iso tivo un alcance limitado. Non obstante, desde entón ata agora, a dereita soubo suavizar o discurso e adaptalo ó novo paradigma, consistente na crenza absoluta no progreso persoal ilimitado e en deixar de lado calquera interese pola liberación política, a xustiza social ou a acción colectiva. Para iso, a “neodereita” preséntase cunha faciana amable e moderna, e a través do consumo opulento, da diversión das masas e das novas tecnoloxías promete benestar e felicidade para todos, aínda que os seus intereses sexan os mesmos; é o que Rafaelle Simone denomina o “Monstro Amable”. E fronte a iso, os ideais da esquerda tradicional, nun mundo gastador e consumista, semellan trasnoitados e carentes de atractivo. Esa é a verdadeira raíz do problema, e o resto –fragmentacións, divisións internas, liderados febles, ...- son complicacións provocadas pola debilidade do paciente.

Non obstante, unha socialdemocracia honesta é contrapeso necesario do liberalismo. Porque, como dicía Tony Judt, “co tempo, o libre mercado convértese no seu peor inimigo”. Así o demostra esta crise que non rematou e os  seus violentos efectos en forma de inestabilidade, desigualdade crecente, populismo, nacionalismo e xenofobia.  


Artigo publicado no diario La Región o domingo 19 de marzo do 2017

sábado, 7 de diciembre de 2013

Algo en que creer

Hay dos tipos de enemigos del pueblo:
 los que vociferan y los que fingen estar asqueados.
Marc Bloch

Américo Castro consideraba a España un país de creyentes más que de pensantes. Pero hoy todo el mundo insiste en el descrédito de nuestras instituciones. Parece que nos hemos vuelto descreídos  sin que conste avance alguno en lo de pensantes. En poco tiempo pasamos de presumir de democracia ejemplar, de organización territorial avanzada y de monarquía moderna, a despotricar de todo ello: la democracia sólo vale para alimentar a políticos corruptos, el régimen de las autonomías fue una gran equivocación, y la monarquía es una antigüalla de la que hay que prescindir en beneficio de la república. Como ya apuntara en 1931 Josep Pla, en España, en cuanto ocurre un colapso económico y la gente deja de ganar el dinero, en lo primero que se piensa es en cambiar de régimen. 
Por otra parte, resulta indignante la forma en que, con evidente sorna e indisimulado desprecio, hablan algunos de instituciones centrales de nuestra democracia, confundiendo a menudo la institución con sus representantes –una confusión siempre perversa-. Lo cierto es que, como señaló el gran escritor italiano Claudio Magris, «el desprecio puede resultar un juego fácil», pero siempre es peligroso. Nunca se debería olvidar que la desafección de las clases medias a la democracia, en la depresión de los años treinta, fue la causa fundamental del triunfo del fascismo en Europa. 
Está demostrado que muchos representantes de nuestras instituciones han sido corrompidos por el dinero. Pero las instituciones son lo más valioso que tenemos. Y pese a todo: los jubilados cobran sus pensiones; muchos parados reciben prestaciones; los colegios, centros de salud y hospitales, donde, en general, somos atendidos de forma gratuita, abren cada mañana, y disponemos de recursos impensables hace tan solo tres décadas. Y todo eso, que antes no existía, descansa sobre nuestras denostadas instituciones. Hay grandes deficiencias, abusos y desigualdades en la democracia española, nadie debería negarlo, pero la arquitectura del estado social y democrático de derecho ha sido la única que ha demostrado ser capaz de corregirlas convenientemente. Hoy, día de la Constitución, conviene recordarlo; lo mismo que lo que escribió Edmund Burke, padre del liberalismo conservador británico, hace dos siglos: «toda sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad.». Y algo de eso está pasando ahora con el  neoindividualismo posesivo y consumista en que vivimos, que convierte al enriquecimiento personal en única ética universal, en perjuicio de lo público, y condena a amplias capas de la población de sociedades intrínsecamente ricas a la miseria. Y esto resulta intolerable. Los jóvenes, principales perjudicados por esa situación, deben manifestar su rebeldía y su disconformidad, pero, como apuntó el malogrado historiador británico Tony Judt, sin perder la fe en las instituciones democráticas, y concretamente en el poder de los votos. «El hombre rebelde» de Camus sabe decir no a ciertas cosas, pero no lo niega todo. 
Y a los insensatos que, usando del chascarrillo y la rechifla institucional, parecen estar predicando el fin de un régimen, sin que se acierte a saber lo que proponen a cambio, recordarles una advertencia de Keynes: «No basta con que el estado de cosas que queremos promover sea mejor que el que le precedió; ha de mejorar lo suficiente como para que compense los males de la transición.». Porque toda transición tiene sus males; y los males, como bien sabe el pueblo, tampoco se distribuyen de forma equitativa.

Artículo publicado en el diario "La Región" el 6 de diciembre de 2013